[...] ellos escuchaban mudos, inmóviles como el enfermo húmedo de fiebre que descubre el camino del sueño en la respetuosa aceptación del insomnio, en la más atenta contabilidad de las gotitas de un caño mal cerrado.
La siguiente secuencia podría haber sido un sueño. Un hombre con mi cara se comía un yogur en una fábrica siderúrgica; las instrucciones de empleo de las máquinas herramienta estaban escritas en turco.
Cuando la realidad hace añicos mis sueños, lo que hago es desinflarme y gruñir mientras dura el primer golpe, y luego ponerme a reunir otra vez los añicos y a tratar de pegarlos pacientemente, estúpidamente.