me acostumbro al hedor del puerto,
me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,
noche a noche, al soldado de guardia en medio del sueño de los peces.
—Si es un sueño no quiero que nada me despierte
—decías con El ángel que nos mira en la mano
y corriendo bajo la lluvia— decías
la tormenta es un tigre,
el tigre tiene un movimiento de árbol
que va entrando en la noche.
Nosotros tenemos sueños. ¿No es acaso toda la vida un sueño? O más exactamente: ¿Hay un criterio seguro para distinguir entre sueño y realidad, entre fantasmas y objetos reales? —El pretexto de que lo soñado tiene menos vivacidad y claridad que la intuición real no merece consideración; porque hasta ahora nadie ha puesto las dos cosas una junto a otra para compararlas, sino que solo se puede comparar el recuerdo del sueño con la realidad presente.
[...] ellos escuchaban mudos, inmóviles como el enfermo húmedo de fiebre que descubre el camino del sueño en la respetuosa aceptación del insomnio, en la más atenta contabilidad de las gotitas de un caño mal cerrado.
La siguiente secuencia podría haber sido un sueño. Un hombre con mi cara se comía un yogur en una fábrica siderúrgica; las instrucciones de empleo de las máquinas herramienta estaban escritas en turco.